Hacemos más de lo que podemos imaginar.
Una lectura sobre Günther Anders: obsolescencia, vergüenza prometeica, distancia entre producción e imaginación moral, y la tragedia de un mundo donde nuestra potencia técnica crece más rápido que nuestra capacidad de sentir sus consecuencias.
Fuentes principales: The Obsolescence of the Human (1956; primera traducción inglesa integral, 2025); edición académica en JSTOR; Christopher John Müller, Prometheanism: Technology, Digital Culture and Human Obsolescence (2016).
Günther Anders pensó la técnica desde Hiroshima.
No exclusivamente desde allí: antes había escrito sobre filosofía, literatura, trabajo y medios. Pero la bomba volvió insoportable una pregunta que atravesaría el resto de su obra. La humanidad había conseguido producir un objeto cuyos efectos excedían la escala habitual de la acción humana. Podíamos fabricar algo que nuestra imaginación, nuestros afectos y nuestra responsabilidad apenas conseguían abarcar.
La dificultad no consistía en ignorar que una bomba podía destruir una ciudad.
Consistía en que saberlo no equivalía a representárselo.
Entre hacer y comprender se había abierto una distancia.
Anders convirtió esa distancia en uno de los problemas centrales de la técnica moderna.
No somos demasiado débiles para producir.
Podemos ser demasiado pequeños para imaginar lo producido.
En Die Antiquiertheit des Menschen —publicado en 1956 y traducido integralmente al inglés recién en 2025 como The Obsolescence of the Human— Anders exploró varias formas de lo que suele denominarse desfase o brecha prometeica.
Nuestra capacidad de fabricación crece más rápido que nuestra capacidad de representación.
Nuestra acción puede alcanzar escalas que nuestros sentimientos no acompañan.
El conocimiento de una consecuencia puede existir sin producir una conciencia proporcional de ella.
Ese desajuste cambia la pregunta moral. Durante siglos el problema fue ampliar la potencia humana: construir herramientas capaces de llevarnos más lejos, mover más peso, transmitir más rápido, producir más. Anders observa una inversión. La potencia ya no es necesariamente el recurso escaso.
Lo escaso puede ser la imaginación capaz de mantenerse a su altura.
La era técnica produce entonces una paradoja: somos gigantes por lo que podemos poner en marcha y enanos por lo que conseguimos asumir.
FRENTE A NUESTROS PRODUCTOS
Anders llamó vergüenza prometeica a una experiencia extraña: sentirnos inferiores frente a la precisión, reproducibilidad y rendimiento de los objetos que fabricamos.
La escena puede parecer exagerada. Una persona observa una máquina que trabaja sin cansarse, sin equivocarse del mismo modo que un cuerpo, sin envejecer en el mismo sentido. De pronto el defecto parece estar del lado humano.
No es simplemente admiración por una herramienta.
Es una comparación.
Y toda comparación necesita un criterio.
Cuando la regularidad, la velocidad o la eficiencia de la máquina se convierten en medida de lo humano, nuestras limitaciones dejan de ser condiciones de existencia y empiezan a parecer fallas.
El concepto adquiere una resonancia particular en la cultura de la automatización y la IA. Trabajadores comparados con métricas automáticas, docentes con sistemas de evaluación, redactores con generadores de texto, conductores con optimizadores logísticos. El punto no es afirmar que las máquinas “nos superaron” en general. Es observar cómo elegimos dominios específicos de rendimiento y luego dejamos que esos dominios juzguen el conjunto.
Anders ayuda a reconocer la trampa.
HACE EL TODO
La distancia entre acto y consecuencia no aparece únicamente porque una tecnología sea poderosa. También crece cuando el proceso se fragmenta.
Una persona diseña un componente. Otra procesa información. Otra aprueba un procedimiento. Otra pulsa un botón.
Cada intervención puede parecer limitada, racional, incluso banal. El resultado pertenece al conjunto, pero el conjunto no pertenece a nadie.
Anders escribió en el mundo de la industria pesada, la burocracia moderna, los medios masivos y el armamento nuclear. Allí encontró una forma de irresponsabilidad que no depende necesariamente de una decisión malvada. Puede surgir de la propia organización técnica: cuanto más extensa es la cadena de acción, más fácil resulta que cada participante vea solamente su segmento.
La división del trabajo produce eficacia.
También puede producir ceguera sobre la totalidad.
Esta preocupación acerca a Anders a Mumford y Franklin, aunque cada uno llegue desde un lugar distinto. Mumford mira el sistema, Franklin la distribución del conocimiento y Anders el abismo moral que se abre cuando ya no conseguimos imaginar el efecto agregado de lo que hacemos.
LLEGA A CASA
La técnica, para Anders, tampoco se agotaba en fábricas y armas.
Uno de los ensayos centrales de The Obsolescence of the Human estudia la radio y la televisión. El problema no era únicamente que transmitieran información. Era que convertían al mundo en algo entregado al domicilio, seleccionado y preparado antes de nuestra experiencia directa.
Décadas antes de las plataformas digitales, Anders estaba preguntando qué ocurre cuando la experiencia del mundo llega mediada por una infraestructura que decide qué aparece, en qué forma y dentro de qué secuencia.
No hace falta forzar la analogía con el presente. La diferencia tecnológica es enorme. La pregunta permanece reconocible.
Cuando gran parte de la realidad pública nos llega a través de pantallas ordenadas por sistemas de recomendación, la cuestión ya no es solamente si una noticia es verdadera. También importa qué mundo se vuelve visible para cada persona y cuál deja de presentarse ante ella.
La mediación técnica no inventa toda la realidad. Organiza una parte decisiva de nuestra relación con ella.
NO ERA UNA EXCEPCIÓN
La bomba atómica fue para Anders el caso límite porque hizo tangible una capacidad nueva: la posibilidad técnica de dañar una escala que excedía a quien ejecutaba la acción y a quienes podrían sufrirla inmediatamente.
Pero su argumento no se detuvo en lo nuclear.
El problema aparece cada vez que una capacidad colectiva crece más rápido que las facultades culturales capaces de representarla. Sistemas planetarios, degradación ambiental, redes financieras, infraestructuras digitales, automatización militar, decisiones algorítmicas: en todos esos casos una acción local puede participar de consecuencias que nadie experimenta de manera completa.
Ahí aparece su concepto de ceguera apocalíptica: la incapacidad de percibir adecuadamente peligros cuya magnitud supera nuestra experiencia ordinaria.
No significa que ignoremos los datos.
Podemos conocerlos muy bien.
La ceguera comienza cuando el dato no consigue convertirse en una imagen moralmente eficaz.
Sabemos y, sin embargo, seguimos actuando como si no supiéramos.
Anders fue deliberadamente extremo.
Su escritura está llena de inversiones, escenas, paradojas y formulaciones que empujan un fenómeno hasta hacerlo visible. No pretende la neutralidad de un manual técnico. Su método fue llamado a veces filosofía ocasional: pensar a partir de acontecimientos, artefactos y situaciones concretas capaces de revelar una condición más amplia.
Esto importa para no leerlo como profeta apocalíptico.
Su exageración tiene una función.
Cuando un riesgo gigantesco se vuelve administrativamente normal, describirlo con moderación puede terminar ayudando a normalizarlo.
Anders buscaba producir una imaginación a la altura del objeto.
Que lo haya logrado siempre es discutible.
Que el problema haya desaparecido resulta mucho más difícil de sostener.
SERÍA PEDIRLE UNA PROFECÍA
Anders murió en 1992. Convertirlo en alguien que “predijo la inteligencia artificial” empobrecería su trabajo.
Lo que dejó es más útil.
Una manera de observar el desfase entre capacidades técnicas y capacidades humanas para comprender sus efectos.
Hoy podemos desplegar sistemas a millones de usuarios antes de conocer todas sus consecuencias, automatizar partes de una decisión sin que ningún participante domine la cadena completa y construir herramientas cuya escala de producción, consumo energético, influencia cultural o integración institucional resulta difícil de representar en una sola imagen.
Eso no demuestra que la IA vaya a producir una catástrofe.
Demuestra que la pregunta de Anders sigue activa:
¿nuestra imaginación moral está creciendo al mismo ritmo que nuestra capacidad técnica?
Si la respuesta es no, la solución no consiste necesariamente en detener toda invención. Consiste en dejar de confundir potencia con madurez.
No es casual que Tecnoceno, de Flavia Costa —otra de nuestras precursoras—, abra su introducción con Anders.
La frase elegida allí resume el problema de los “utopistas invertidos”: ya no somos únicamente seres que imaginan más de lo que pueden realizar. También somos capaces de producir realidades que nuestra imaginación apenas alcanza después.
Ese después importa.
Llegamos tarde a nuestras propias consecuencias.
Hacemos más de lo que podemos imaginar.
La tarea que Anders deja abierta consiste en reducir esa distancia antes de que sea la distancia la que decida por nosotros.
MATERIALES DE REACCIÓN
DESFASE PROMETEICO · VERGÜENZA PROMETEICA · OBSOLESCENCIA · IMAGINACIÓN MORAL · TÉCNICA · RESPONSABILIDAD · DIVISIÓN DEL TRABAJO · MEDIOS · CEGUERA APOCALÍPTICA · LÍMITE
FUENTE
Primarias
- Anders, Günther. The Obsolescence of the Human. Vol. I, original alemán de 1956; traducción de Christopher John Müller, University of Minnesota Press, 2025.
- Anders, Günther. Edición académica de The Obsolescence of the Human en JSTOR.
- Anders, Günther. Die Antiquiertheit des Menschen, vol. II. C. H. Beck, 1980.
Contexto y consulta
- Müller, Christopher John. Prometheanism: Technology, Digital Culture and Human Obsolescence. Rowman & Littlefield, 2016.
- University of Minnesota Press. Presentación, índice y contexto editorial de The Obsolescence of the Human.
- Kloeg, Julien. Reseña académica de la traducción de 2025, 2026.
COMPLETAN LA QUINTA ENTREGA:



