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Cuando aprender necesita permiso

Una lectura de La sociedad desescolarizada: Ivan Illich cuestiona qué ocurre cuando una institución deja de acompañar una práctica humana y empieza a decidir qué formas de esa práctica son legítimas.

Fuente principal: Ivan Illich, La sociedad desescolarizada (Deschooling Society, 1971).
Edición castellana consultada: La sociedad desescolarizada, México, 1985.
Fuente complementaria: Ivan Illich, “Why We Must Abolish Schooling”, The New York Review of Books, 2 de julio de 1970.
Nota de contexto: para la revisión tardía del propio Illich sobre este libro se consultó la reconstrucción de Rosa Bruno-Jofré y Jon Igelmo Zaldívar sobre su crítica posterior.

Ivan Illich
«...confundir enseñanza con saber, promoción al curso siguiente con educación, diploma con competencia...»

— Ivan Illich.

   Ivan Illich no entra en Los Precursores porque haya querido cerrar escuelas.

   Entra porque formuló una sospecha más incómoda: una institución puede comenzar ofreciendo un medio para satisfacer una necesidad y terminar apropiándose de la definición misma de esa necesidad.

   La escuela es su caso de estudio.

   Pero no es el único.

   En La sociedad desescolarizada, Illich sostiene que la escolarización enseña algo además de contenidos: enseña a confundir proceso con sustancia. Enseñanza con saber. Promoción con educación. Diploma con competencia. Servicio con valor.

   Después extiende la sospecha.

   Tratamiento médico puede terminar confundido con salud. Protección policial con seguridad. Trabajo social con comunidad. La institución ya no se limita a ofrecer un servicio: empieza a determinar qué cuenta como resultado legítimo.

   Ahí la pregunta deja de pertenecer solamente a la pedagogía.

   ¿Qué ocurre cuando una institución creada para facilitar una práctica consigue también el monopolio de nombrarla?

   La Intemperie conoce bastante bien esa clase de problemas.

   Identidad no siempre significa registro.

   Memoria no siempre significa archivo.

   Cuidado no siempre significa captura.

   Y aprender no siempre significa haber sido enseñado.

   SE APROPIA DEL VERBO

   La crítica de Illich no comienza diciendo que enseñar sea inútil.

   Comienza diciendo que enseñar y aprender no son la misma cosa.

   El problema aparece cuando una sociedad organiza sus instituciones como si el valor que prometen pudiera medirse por la cantidad de servicio administrado.

   Más escuela debería significar más educación.

   Más tratamiento, más salud.

   Más intervención profesional, mejores resultados.

   Illich discute esa equivalencia.

   Su blanco no es simplemente el edificio escolar ni la figura de un maestro. Es una forma de dependencia institucional: la idea de que ciertas capacidades humanas solamente pueden producirse de manera legítima mediante procedimientos administrados por especialistas.

   La escuela funciona entonces como paradigma.

   No porque sea idéntica a un hospital, un partido político o una agencia estatal, sino porque permite observar un mecanismo común: la institución que debía servir una necesidad empieza a definirla.

La pregunta que deja abierta conserva bastante filo medio siglo después:

¿Cuándo una institución deja de acompañar una capacidad humana y empieza a decidir si esa capacidad existe?

NO ES LA COMPETENCIA

   Illich separa dos cosas que la escolarización tiende a fundir:

aprender algo
y
ser socialmente autorizado a demostrar que se aprendió.

   Su crítica a la certificación no equivale a sostener que cualquiera sabe cualquier cosa.

   De hecho, distingue expresamente entre exigir una competencia para desempeñar una función y exigir un recorrido escolar determinado como prueba de esa competencia.

   Ese matiz importa.

   La discusión no es:

¿Debemos abandonar toda evaluación?

   Es otra:

¿Por qué una institución debería tener el monopolio de decidir por qué camino una persona puede volverse competente?

   Cuando la trayectoria se vuelve más importante que la capacidad, el certificado deja de describir un conocimiento.

   Empieza a distribuir acceso.

   Trabajo.

   Prestigio.

   Confianza.

   Posibilidad de hablar.

   Y, en ciertos casos, hasta el derecho a ser tomado en serio.

   Illich veía allí una forma de desigualdad difícil de corregir simplemente agregando más años de escolarización: si el sistema conserva el monopolio de la legitimidad, ampliar el acceso puede ampliar también la dependencia respecto de esa legitimidad.

   No es una defensa de la ignorancia.

   Es una crítica al momento en que la prueba de haber pasado por el procedimiento reemplaza a la pregunta por lo que una persona realmente sabe hacer.

SIN PEDIR PERMISO

   Hay una escena argumentativa muy sencilla en La sociedad desescolarizada.

   Illich invita a preguntarse dónde aprendimos aquello que sabemos y valoramos.

   Su respuesta no elimina la escuela.

   La desborda.

   Amistad.

   Amor.

   Lectura.

   Observación.

   Compañeros.

   Trabajo.

   Encuentros.

   Práctica.

   Gente que sabe hacer algo y se lo muestra a otra.

   Illich sostiene que gran parte del aprendizaje ocurre fuera de los programas diseñados para producirlo.

Eso no convierte cualquier experiencia en educación.

Hace algo más interesante: devuelve el aprendizaje al territorio de la vida.

La Intemperie imagina un extremo material de esa separación.

En Crónicas de la Intemperie, José escribe:

Donde antes había escuela, alguien enseña a un chico qué drones miran de verdad y cuáles solo hacen ruido para cobrar miedo.

No hay allí nostalgia por una sociedad sin escuelas.

Hay otra cosa.

La institución desapareció.

La necesidad de aprender, no.

Flor pertenece a esa misma zona.

La novela nunca necesita detenerse a certificar dónde aprendió a leer rutas, reconocer riesgos, negociar intercambios, moverse por conductos, desconfiar de una consigna o distinguir una oportunidad de una trampa.

Lo sabe porque lo aprendió.

Lo aprendió porque tuvo que hacerlo.

Y porque alguien, alguna vez, le mostró algo.

También hay aquí una complicidad autobiográfica deliberada.

La Intemperie fue construida mezclando escritura, programación, investigación, dibujo, lectura, prueba, conversación y oficio sin esperar a que una disciplina única certificara de antemano el derecho a juntarlos.

Eso no demuestra que Illich tuviera razón.

Explica por qué su pregunta no resulta abstracta.

¿Cuánto de lo que sabemos dejaría de contar como conocimiento si alguien nos exigiera demostrar primero dónde nos autorizaron a aprenderlo?

NO EMBUDOS

   Illich no se limita a denunciar.

   Propone otra arquitectura.

   En lugar de concentrar el aprendizaje dentro de una institución que administra tiempos, programas y credenciales, imagina tramas de oportunidad capaces de conectar a personas con recursos, habilidades, compañeros e interlocutores experimentados.

   Describe cuatro grandes vías:

  • acceso a objetos y recursos útiles para aprender;

  • intercambio de habilidades;

  • búsqueda de compañeros con intereses semejantes;

  • acceso a personas con experiencia capaces de orientar, criticar o acompañar.

   La tecnología aparece allí como posibilidad de conexión.

   No como maestra automática.

   No como autoridad.

   No como sistema que decide qué debe aprender una persona.

   Como infraestructura para que quienes quieren aprender y quienes pueden compartir algo se encuentren.

Es tentador leer esas páginas como una profecía de Internet.

No hace falta.

Interesa más la condición que Illich impone a esas redes: deben aumentar la autonomía y el acceso recíproco.

   Y ahí aparece nuestra fricción contemporánea.

   Una red puede conectar.

   También puede clasificar.

   Puede recomendar.

   Puede jerarquizar.

   Puede convertir reputación en puntuación.

   Puede decidir qué encuentro aparece primero y cuál permanece invisible.

   Puede transformar un intercambio entre pares en un mercado intermediado por una plataforma.

   El problema, entonces, no se resuelve pasando de institución a red.

   La pregunta vuelve, con otro traje:

¿Quién administra el encuentro?

   La descentralización técnica no garantiza autonomía política.

   Y una red diseñada para liberar accesos puede terminar construyendo otra puerta.

PUEDE IRSE Y DEJAR LA ESCOLARIZACIÓN

Años después, Illich revisó duramente su propio libro.

Llegó a decir que había estado, en buena medida, “ladrando al árbol equivocado”.

No porque abandonara su crítica a las instituciones.

Porque empezó a pensar que había apuntado demasiado a la escuela y no lo suficiente a algo más profundo: la transformación del aprendizaje en una necesidad educativa permanente, administrada bajo condiciones de escasez.

La escuela podía perder centralidad.

La escolarización de la vida podía continuar.

Capacitaciones obligatorias.

Actualización permanente.

Cursos para seguir siendo empleable.

Programas para aprender a relacionarse, alimentarse, cuidarse, adaptarse.

Una existencia convertida en currículum interminable.

Su propia crítica, entonces, se volvió más incómoda.

Desescolarizar no bastaba si otra institución, una empresa, una pantalla o una plataforma podía ocupar inmediatamente el lugar vacante.

La pregunta ya no era solamente cómo liberar el aprendizaje de la escuela.

Era cómo evitar que toda la vida terminara reorganizada como una sucesión de necesidades de aprendizaje administradas por otros.

Esa revisión vuelve a Illich más útil para Los Precursores, no menos.

Porque una idea que se corrige puede dejar más material que una doctrina que sólo aprende a defenderse.

QUEDA ABIERTO

   Hay razones para desconfiar también de la solución.

   Una red abierta no distribuye automáticamente tiempo, herramientas, conectividad, seguridad, confianza ni recursos.

   Una persona puede tener libertad formal para aprender y seguir sin acceso material a aquello que necesita.

   Una institución puede monopolizar.

   Pero su ausencia tampoco garantiza igualdad.

   Por eso no nos interesa convertir La sociedad desescolarizada en una consigna contra la escuela.

   Nos interesa conservar una pregunta más general.

¿Qué ocurre cuando una institución deja de ofrecer una vía y consigue que olvidemos que había otras?

   La reacción que produce Illich en La Intemperie no es una equivalencia automática.

   Es una serie de separaciones que conviene no olvidar:

   educación no es escolarización.

   competencia no es diploma.

   identidad no es registro.

   memoria no es archivo.

   cuidado no es captura.

   Cuando dos palabras terminan pareciendo sinónimos, alguien suele ganar el derecho de administrar la diferencia.

   Y ahí empieza el problema.

 

MATERIALES DE REACCIÓN

APRENDIZAJE · ESCOLARIZACIÓN · CERTIFICACIÓN · AUTONOMÍA · REDES · TECNOLOGÍA · INSTITUCIONES · COMPETENCIA