Saltar al contenido

 

La fe en el progreso también puede convertirse en un dogma

Marc Andreessen convirtió una intuición poderosa —que una sociedad incapaz de construir termina administrando su propio estancamiento— en una filosofía de crecimiento, mercados y aceleración tecnológica. La pregunta aparece cuando esa confianza deja de admitir que algunas consecuencias también necesitan freno, redistribución y conflicto político.

Fuentes principales: Marc Andreessen, “Why Software Is Eating the World” (2011); “It’s Time to Build” (2020); “Why AI Will Save the World” (2023); “The Techno-Optimist Manifesto” (2023); declaración ante el AI Insight Forum del Senado de Estados Unidos sobre competencia y modelos abiertos (2024).

Marc Andreessen
«Dennos un problema del mundo real y podremos inventar una tecnología que lo resuelva.»

— Marc Andreessen,
“The Techno-Optimist Manifesto”,
Andreessen Horowitz,
2023.

Marc Andreessen tiene una ventaja extraña cuando habla del futuro de la tecnología: ya acertó una vez de una manera que cambió el paisaje.

A comienzos de los noventa participó en el desarrollo de Mosaic, uno de los navegadores que ayudaron a convertir la Web en una experiencia accesible para millones de personas. Después cofundó Netscape. Más tarde pasó del software al capital de riesgo y creó, junto con Ben Horowitz, Andreessen Horowitz —a16z—, una de las firmas más influyentes de Silicon Valley.

En 2011 publicó una frase que terminó funcionando casi como diagnóstico de época: el software se está comiendo el mundo.

No era solamente una celebración. Andreessen sostenía que sectores enteros —medios, comercio, finanzas, telecomunicaciones, entretenimiento— estaban siendo reorganizados por empresas cuyo núcleo era software. Quince años después, resulta difícil decir que aquella dirección estaba equivocada.

Esa precisión vuelve más interesante lo que vino después.

Con el tiempo, Andreessen dejó de limitarse a describir una transformación y empezó a defender una filosofía explícita sobre cómo debería avanzar: construir más, producir más, liberar mercados, aumentar energía, acelerar inteligencia artificial y desconfiar de los discursos que convierten el riesgo en argumento para detener el desarrollo.

Su Techno-Optimist Manifesto de 2023 lleva esa posición hasta el límite.

Y justamente por eso sirve como material de reacción. No porque debamos elegir entre creerle o refutarlo.

Porque obliga a discutir cuánto de nuestra confianza en el progreso es evidencia y cuánto empieza a parecerse a una fe.

SÍ SE COMIÓ BUENA PARTE DEL MUNDO

En 2011 Andreessen miró las valuaciones crecientes de empresas digitales y sostuvo que la discusión estaba demasiado concentrada en si existía otra burbuja.

Su argumento era estructural.

La conectividad, la caída del costo del cómputo y la difusión de Internet permitían que empresas de software ingresaran en industrias que hasta entonces parecían pertenecer a otro mundo. Amazon no era solamente una librería. Netflix no era solamente un videoclub por correo. Las empresas digitales podían utilizar software para reorganizar distribución, precios, logística y relación con clientes.

La intuición resultó fértil porque no trataba al software como un sector separado.

Lo veía convirtiéndose en infraestructura de casi todos los demás.

Hoy esa tesis puede extenderse con facilidad a la inteligencia artificial. Los modelos no necesitan constituir una industria aislada para transformar economía y vida cotidiana. Pueden instalarse dentro de medicina, educación, programación, logística, seguros, defensa, administración y cultura.

Andreessen comprende muy bien esta clase de cambio.

Las tecnologías de propósito general no modifican solamente lo que hacemos.

Modifican cómo se organiza aquello que ya hacíamos.

Ese punto merece conservarse incluso cuando se discute casi todo lo demás.

TAMBIÉN ES UNA CRÍTICA INSTITUCIONAL

En abril de 2020, durante los primeros meses de la pandemia, Andreessen publicó “It’s Time to Build”.

El texto señalaba una contradicción visible: sociedades extraordinariamente ricas y tecnológicamente avanzadas descubrían que no podían producir con suficiente rapidez hospitales, equipamiento, viviendas, infraestructura o capacidad industrial cuando más la necesitaban.

Andreessen no atribuía el fracaso a un partido político específico.

Lo describía como una incapacidad institucional para hacer.

La pregunta era incómoda porque desplazaba una parte de la discusión desde qué política debería anunciarse hacia qué capacidad material existía para ejecutarla. Una sociedad puede aprobar derechos, presupuestos y planes y descubrir después que no sabe construir casas a un costo razonable, ampliar redes eléctricas, fabricar equipamiento crítico o levantar infraestructura a la velocidad necesaria.

La consigna “construir” puede sonar elemental.

No lo es.

Obliga a medir instituciones por su capacidad de transformar decisiones en cosas que existen.

Ahí Andreessen toca un problema que excede ampliamente a Silicon Valley: cuando toda intervención se vuelve lenta, cara o imposible, el estancamiento también distribuye daños.

Quien ya tiene vivienda, atención médica, energía o conectividad puede soportar mejor que nada nuevo se construya.

Quien espera entrar al sistema paga primero la escasez.

A LA MÁQUINA TECNOCAPITALISTA

El Techno-Optimist Manifesto toma esa crítica y la convierte en una teoría general.

Andreessen enlaza dos fuerzas: tecnología y mercados.

La tecnología aumenta productividad, reduce costos y abre capacidades nuevas. Los mercados, en su lectura, descubren necesidades, distribuyen información mediante precios y orientan capital hacia oportunidades. Unidas, ambas formarían una techno-capital machine capaz de impulsar crecimiento y abundancia de manera continua.

La expresión viene de Nick Land, aunque Andreessen la lleva hacia un optimismo económico mucho más convencional.

Su tesis puede resumirse así: más tecnología produce más productividad; más productividad reduce precios y aumenta salarios; los precios menores liberan demanda; la nueva demanda crea industrias y trabajos; esas actividades financian otra ronda de innovación.

Un ciclo ascendente.

El manifiesto extiende esa lógica hacia energía, inteligencia artificial y población. Andreessen imagina un futuro con energía extremadamente abundante, bienes cada vez más baratos y una capacidad humana aumentada por máquinas inteligentes.

El optimismo tiene una virtud.

Se niega a tratar la escasez actual como una ley natural.

Muchas cosas que hoy son caras, lentas o inaccesibles podrían dejar de serlo.

El problema aparece cuando un mecanismo históricamente poderoso empieza a presentarse como una explicación suficiente de casi todo.

COMO MULTIPLICADOR DE CAPACIDADES

En “Why AI Will Save the World”, Andreessen propone pensar la inteligencia artificial como una ampliación de la inteligencia humana.

Su escenario es deliberadamente expansivo: tutores personalizados, asistentes médicos, colaboradores científicos, herramientas creativas, mejores decisiones organizativas y aumentos importantes de productividad.

Algunas de esas promesas ya pueden observarse en versiones parciales.

Los sistemas actuales ayudan a programar, traducir, buscar patrones, resumir información, producir prototipos y ampliar el acceso a ciertas capacidades. La idea de augmented intelligence evita además una dicotomía pobre entre “el humano” y “la máquina”: muchas aplicaciones valiosas no sustituyen completamente una actividad, sino que modifican lo que una persona puede hacer dentro de ella.

Andreessen también acierta al señalar que el miedo puede convertirse en política industrial.

Una regulación muy costosa puede reforzar a las empresas capaces de pagarla y volver más difícil la entrada de proyectos pequeños, universidades, desarrolladores independientes o modelos abiertos.

Ese riesgo no es imaginario.

En su declaración para el AI Insight Forum del Senado estadounidense defendió explícitamente el desarrollo abierto como mecanismo de competencia, transparencia y democratización del acceso. La concentración de capacidades de IA en unas pocas empresas sería, desde su propia lógica, una traición al dinamismo que dice defender.

La pregunta por regulación no puede separarse de otra: ¿quién puede cumplirla y quién queda afuera después de que entra en vigor?

REGULATORIA TAMBIÉN EXISTE

Andreessen utiliza una vieja idea de economía política para leer la discusión sobre seguridad: Baptists and Bootleggers.

Los “bautistas” creen sinceramente que una actividad debe restringirse por razones morales. Los “contrabandistas” apoyan la misma regulación porque obtendrán una ventaja económica de ella. Dos motivaciones opuestas pueden terminar impulsando la misma norma.

Aplicado a la inteligencia artificial, el argumento es incómodo y útil.

Una gran empresa puede pedir controles estrictos porque realmente teme ciertos riesgos y, al mismo tiempo, beneficiarse si esos controles requieren licencias, auditorías o infraestructura que sus competidores pequeños no pueden costear.

La advertencia merece ser tomada en serio. La seguridad puede ser necesaria y la captura regulatoria también puede existir. No se excluyen.

Andreessen obliga así a preguntar quién escribe una barrera, cuánto cuesta cumplirla, qué actores quedan protegidos y si una regulación destinada a limitar poder termina consolidando precisamente a quienes ya lo poseen.

El problema es que él suele llevar esa sospecha un paso más lejos.

Cuando demasiada crítica empieza a entrar bajo la categoría de obstáculo, la vigilancia sobre la regulación puede convertirse en desconfianza sistemática hacia cualquier freno.

EMPIEZA A CERRAR LA DISCUSIÓN

El manifiesto contiene frases que no esconden su ambición.

Andreessen afirma que todo lo bueno está “aguas abajo” del crecimiento. Sostiene que no existe un problema material —incluso uno creado por tecnología— que no pueda resolverse con más tecnología. Y, al hablar de inteligencia artificial, llega a afirmar que toda desaceleración costará vidas y que impedir el desarrollo de una IA capaz de salvarlas equivale a una forma de asesinato.

Ahí el optimismo deja de funcionar solamente como antídoto frente al miedo.

Empieza a convertirse en una moral.

Si acelerar salva vidas, frenar adquiere culpa.

Si toda crisis material admite una solución tecnológica, cuestionar una trayectoria puede parecer una renuncia a resolver el problema.

Si el crecimiento alimenta todo lo bueno, poner límites empieza a confundirse con elegir escasez.

La dificultad no está en que ninguna de esas cadenas causales pueda ocurrir.

Está en tratarlas como si ocurrieran automáticamente.

Una tecnología puede aumentar productividad y concentrar la ganancia.

Una fuente nueva de energía puede reducir emisiones y producir otros conflictos territoriales.

Una herramienta médica puede salvar vidas mientras su acceso sigue una distribución profundamente desigual.

El crecimiento amplía posibilidades. No decide por sí mismo quién las recibe.

 

La zona más reveladora del Techno-Optimist Manifesto quizá no sea su celebración de la tecnología. Es el apartado llamado “The Enemy”.

Andreessen aclara que sus enemigos no son personas sino ideas. Después enumera conceptos que, según él, forman parte de una campaña de desmoralización: riesgo existencial, sostenibilidad, ESG, responsabilidad social, principio de precaución, trust and safety, ética tecnológica, gestión de riesgos, decrecimiento y límites al crecimiento.

La enumeración produce un problema metodológico. Algunas de esas ideas pueden utilizarse de manera burocrática, interesada o superficial. Algunas regulaciones pueden bloquear innovación. Algunas políticas de sostenibilidad pueden transformarse en marketing. El principio de precaución puede aplicarse mal.

Pero convertir categorías enteras de crítica en una misma familia enemiga reduce la posibilidad de distinguir una advertencia mediocre de una necesaria. 

Una tecnología que no recibe objeciones no es necesariamente una tecnología libre.

Puede ser una tecnología sin retroalimentación.

La ironía es especialmente fuerte en una cultura empresarial que celebra iterar, medir y corregir errores.

Si el mercado necesita señales para aprender, una sociedad también.

La crítica es una de ellas.

Andreessen no observa esta discusión desde una posición neutral.

Es inversor.

Su trabajo consiste, en parte, en identificar tecnologías capaces de crecer extraordinariamente y colocar capital antes de que ese crecimiento resulte evidente para todos. Cuando afirma que software, inteligencia artificial, energía o biotecnología pueden abrir mercados enormes, habla como pensador y también como participante directo del resultado.

Eso no invalida el argumento.

Lo vuelve situado.

Su experiencia permite ver posibilidades que una mirada externa puede subestimar. También produce incentivos para valorar expansión, velocidad y escala con especial simpatía.

Hay otra tensión. El manifiesto sostiene que la tecnología es universalista, que no le importan raza, género, origen o creencias. Como aspiración, la frase resulta atractiva. Como descripción, entra en conflicto con una extensa literatura sobre sistemas que heredan desigualdades de datos, diseño, acceso e instituciones.

La máquina quizá no “sepa” quién merece menos. La sociedad que construye y despliega la máquina sí contiene jerarquías.

Los mercados tampoco garantizan por sí solos competencia permanente. Andreessen critica monopolios y captura regulatoria con razón, pero las industrias tecnológicas producen fuertes efectos de red, economías de escala y concentraciones de capital capaces de dificultar justamente aquella competencia que el mercado debería proteger.

Su optimismo funciona mejor cuando abre posibilidades. Funciona peor cuando convierte esas posibilidades en leyes.

Marc Andreessen sirve como precursor precisamente porque resulta difícil leerlo con comodidad.

Su insistencia en construir corrige una cultura política capaz de discutir durante años sin aumentar una sola unidad de capacidad material.

Su defensa de la competencia obliga a mirar cuándo una regulación protege al público y cuándo también protege a los actores dominantes.

Su apuesta por inteligencia aumentada recuerda que la automatización no tiene por qué reducirse a reemplazar personas.

Y su confianza en abundancia se niega a aceptar que las carencias de hoy deban administrarse para siempre.

Todo eso merece permanecer en la mezcla. También merece permanecer aquello que su manifiesto intenta expulsar demasiado rápido: límites, externalidades, distribución, precaución, ética y riesgo.

El progreso puede convertirse en dogma cuando deja de admitir una pregunta sencilla: ¿progreso para quién, medido con qué criterio y pagado por quién?

Andreessen quiere devolvernos la confianza en nuestra capacidad de construir. Conviene conservarla. Pero una civilización técnicamente capaz necesita algo más que aceleradores.

También necesita dirección, frenos, espejos y personas con derecho a preguntar hacia dónde va el vehículo antes de que responder sea considerado una forma de pesimismo.

 

FUENTES PRINCIPALES


COMPLETAN LA SEXTA ENTREGA: