El futuro todavía estaba en un garage
En 1986, Susan M. Lammers entrevistó a diecinueve programadores cuando la revolución de la computadora personal todavía no había terminado de contarse a sí misma. Su libro no archivó estatuas: archivó dudas, hábitos, errores, intuiciones y formas de trabajar antes de que la memoria tecnológica las convirtiera en leyenda.
Fuente principal: Susan M. Lammers, Programmers at Work: Interviews With 19 Programmers Who Shaped the Computer Industry (Microsoft Press, 1986; edición del 40.º aniversario, 2026).
No. El futuro no estaba solamente en un garage.
También estaba en laboratorios universitarios, oficinas demasiado pequeñas, centros de investigación financiados por grandes empresas, departamentos militares, dormitorios, cocinas, estaciones de trabajo, casas llenas de instrumentos musicales y edificios donde alguien seguía programando después de que todos los demás se habían ido.
En 1985 Susan M. Lammers empezó a entrevistar a personas que estaban construyendo una industria todavía joven. Trabajaba entonces en Microsoft. El libro apareció al año siguiente con un título casi documental: Programmers at Work.
Hoy varios de sus entrevistados forman parte de la historia oficial de la informática: Charles Simonyi, Butler Lampson, John Warnock, Gary Kildall, Bill Gates, Dan Bricklin, Bob Frankston, Ray Ozzie, Jef Raskin, Andy Hertzfeld, Toru Iwatani, Jaron Lanier.
En ese momento, sin embargo, no eran todavía placas de museo.
Algunos dirigían empresas. Otros acababan de abandonarlas. Algunos seguían escribiendo código todos los días. Otros dudaban de tecnologías que después prosperarían o apostaban por otras que terminarían perdiéndose. Uno podía describir con precisión el futuro de la interfaz y equivocarse con la inteligencia artificial. Otro podía anticipar la automatización de parte del trabajo de programación y fallar por décadas en el calendario.
Eso es justamente lo que vuelve importante el libro.
Lammers no entrevistó al pasado.
Entrevistó a un presente que todavía no sabía qué parte de sí mismo iba a sobrevivir.
DE QUE LLEGARAN LAS ESTATUAS
Las historias tecnológicas suelen ordenarse hacia atrás.
Una vez que sabemos qué empresa ganó, qué estándar sobrevivió y qué dispositivo se volvió masivo, el camino parece mucho más claro de lo que fue. Las bifurcaciones desaparecen. Las alternativas fallidas se convierten en notas al pie. Los protagonistas recuerdan su trayectoria con la coherencia que otorga haber llegado.
Programmers at Work conserva algo anterior a ese orden.
Gary Kildall explica que entendió pronto el potencial comercial del disquete, pero reconoce que cuando alguien le propuso desarrollar BASIC para microprocesadores pensó que era una idea absurda. Butler Lampson mira los sistemas expertos de los años ochenta con fuerte escepticismo y advierte contra promesas de inteligencia artificial construidas a partir de resultados ambiguos. Bill Gates imagina herramientas que podrían automatizar buena parte de la implementación del software en unos pocos años. Jaron Lanier trabaja en lenguajes visuales desde una casa llena de instrumentos y ya discute, con veinticinco años, algunas de las categorías que más tarde lo volverían una figura singular de la cultura digital.
El archivo conserva aciertos. También conserva errores. Y eso lo hace más valioso.
Porque una voz registrada antes del desenlace no puede acomodar el pasado para que conduzca inevitablemente hasta nosotros.
¿CÓMO?
En 2008, al volver sobre el libro, Lammers explicó con claridad qué había querido investigar: el proceso creativo, las ideas y técnicas utilizadas, los hábitos de programación, las motivaciones, la manera en que sus entrevistados evaluaban lo que habían hecho y cómo imaginaban el futuro de la industria.
La palabra decisiva es proceso.
No pregunta solamente qué construyeron.
- Pregunta cómo pensaban antes de escribir código.
- ¿Qué hacían cuando un programa no funcionaba?
- ¿Cómo distinguían un diseño elegante de uno torpe?
- ¿Qué aprendían leyendo programas ajenos?
- Si programar era arte, ciencia, ingeniería u oficio.
- ¿Cómo organizaban equipos?
- ¿Qué relación tenían con las restricciones de memoria y velocidad?
- ¿Qué hacían cuando una idea debía ser descartada?
Charles Simonyi responde que la primera etapa de programar es imaginar. Antes del código dibuja, garabatea y trata de sostener en la cabeza la estructura completa de aquello que quiere construir. Para él, el conocimiento de algoritmos pertenece a la ciencia; imaginar la estructura, al arte; y convertirla en código requiere oficio.
John Warnock compara el software con la escritura: una pieza de código puede exigir la misma capacidad de desprenderse de un mal capítulo y tirarlo cuando deja de servir.
Gary Kildall habla de programas como dispositivos mecánicos cuyas piezas deben encajar, pero también describe el momento en que un sistema finalmente “coalesce” y adquiere una forma que antes no podía explicarse del todo.
Lammers deja que esas diferencias permanezcan.
No intenta extraer de diecinueve conversaciones un método universal para programar. Construye un archivo de maneras de pensar.
TAMBIÉN PENSABAN
Hay algo material en esas entrevistas que hoy resulta difícil reproducir.
Los programadores hablan de memoria como quien habla de espacio físico.
Cuatro kilobytes importan. La velocidad del procesador importa. Un programa grabado en ROM no puede permitirse ciertos errores. El costo de una unidad de disco modifica una decisión técnica. Esperar que un operador ejecute un lote de tarjetas cambia la relación entre escribir y probar.
Simonyi recuerda haber programado una Ural II de 4K ingresando instrucciones mediante interruptores y haber estudiado compiladores escritos en lenguaje de máquina. Gates recuerda el orgullo de haber conseguido que BASIC funcionara en 4K. Warnock habla de código que debía caber en medio megabyte de ROM y no podía contener errores porque saldría físicamente dentro de cada impresora.
Estas limitaciones no eran solamente obstáculos. Formaban parte del pensamiento.
Obligaban a conocer el programa en profundidad, economizar, simplificar, reutilizar y decidir qué merecía ocupar un recurso escaso.
No hace falta convertir aquella escasez en una edad heroica.
La abundancia de memoria, almacenamiento y cómputo permitió sistemas que aquellos programadores apenas podían imaginar.
Pero el libro deja registrada una pregunta que todavía reacciona: ¿qué perdemos cuando una restricción deja de ser visible?
Bill Gates observa ya entonces que los programas empezaban a engordar y que, al crecer, podían perder a la persona capaz de comprenderlos completos. Butler Lampson advierte que mejores abstracciones no simplifican necesariamente el trabajo porque también elevan nuestras aspiraciones.
Más capacidad permite hacer más. Y hacer más vuelve a producir complejidad.
HABLADO EN PRESENTE
Uno de los placeres extraños de leer hoy Programmers at Work consiste en encontrarse con el futuro antes de que ocurriera.
Lampson sostiene que la revolución informática apenas había comenzado y que las computadoras terminarían volviéndose ubicuas, incluso sobre el cuerpo. También aconseja desconfiar de una alfabetización informática reducida a aprender el lenguaje o el programa de moda: mejor estudiar matemática, aprender a pensar, leer y escribir.
Kildall imagina microprocesadores integrados en objetos cotidianos y sistemas electrónicos reemplazando procesos mecánicos. Al mismo tiempo admite que no supo ver el mercado doméstico de BASIC cuando lo tuvo enfrente.
Warnock observa que cada herramienta computacional ayuda a construir la siguiente y describe la industria de la información como un gigantesco circuito de retroalimentación. Ve llegar la edición electrónica con una velocidad mayor de la que él mismo esperaba.
Gates imagina software que se adapte a los intereses del usuario, motores basados en reglas, procesamiento paralelo, contenidos multimedia interactivos y sistemas capaces de automatizar parte de la implementación que entonces hacían los programadores.
Algunas de esas intuiciones parecen extraordinariamente próximas.
Otras envejecieron.
Lammers no las corrige desde el futuro. Ese es el regalo.
Podemos ver cómo una persona muy informada razona sin conocer todavía el resultado.
La predicción deja de ser profecía y vuelve a convertirse en hipótesis.
La técnica, para Anders, tampoco se agotaba en fábricas y armas.
Uno de los ensayos centrales de The Obsolescence of the Human estudia la radio y la televisión. El problema no era únicamente que transmitieran información. Era que convertían al mundo en algo entregado al domicilio, seleccionado y preparado antes de nuestra experiencia directa.
Décadas antes de las plataformas digitales, Anders estaba preguntando qué ocurre cuando la experiencia del mundo llega mediada por una infraestructura que decide qué aparece, en qué forma y dentro de qué secuencia.
No hace falta forzar la analogía con el presente. La diferencia tecnológica es enorme. La pregunta permanece reconocible.
Cuando gran parte de la realidad pública nos llega a través de pantallas ordenadas por sistemas de recomendación, la cuestión ya no es solamente si una noticia es verdadera. También importa qué mundo se vuelve visible para cada persona y cuál deja de presentarse ante ella.
La mediación técnica no inventa toda la realidad. Organiza una parte decisiva de nuestra relación con ella.
QUEDA DEMASIADO CHICO
La cultura tecnológica convirtió el garage en una de sus escenas fundacionales favoritas.
Dos jóvenes. Una computadora. Una mesa improvisada. Una idea que después conquistará el mundo.
El mito funciona porque concentra la innovación en una imagen comprensible: talento individual, autonomía, riesgo y creación desde abajo.
El libro de Lammers complica esa postal sin necesidad de discutirla explícitamente.
Detrás de los productos aparecen redes.
Simonyi pasa por Berkeley, Berkeley Computer Corporation, Xerox PARC y Microsoft. Lampson trabaja en sistemas financiados por universidades y laboratorios corporativos. Warnock atraviesa la Universidad de Utah, proyectos vinculados con ARPA, simuladores, Xerox PARC y después Adobe. Gates habla de trabajo compartido con Paul Allen, revisión de código, equipos pequeños y circulación de ideas. Kildall enseña en la Naval Postgraduate School antes de construir CP/M. Andy Hertzfeld cuenta el Macintosh desde dentro de Apple. Toru Iwatani llega desde Namco y otra tradición industrial.
Incluso cuando una empresa comienza pequeña, nunca empieza desde cero.
Hay lenguajes heredados. Investigación pública. Máquinas anteriores. Mentores. Competidores. Código leído en otros lugares. Ideas tomadas, modificadas, rechazadas o reaparecidas.
El garage existe. Pero tiene cables que salen por la puerta.
NO SOLO DE LOS PRODUCTOS
Lammers tuvo otra intuición editorial importante.
Puso a los programadores en primer plano. No solamente a las compañías. No solamente a las máquinas. No solamente a los empresarios.
En muchas historias de la informática, el software aparece como una consecuencia casi automática del hardware o de una estrategia corporativa. Programmers at Work pregunta qué ocurre dentro de la cabeza y del cuerpo de quien diseña un sistema.
Aparecen rutinas nocturnas. Dolores de cabeza. Papeles llenos de diagramas. Código reescrito. Competencia. Placer estético. Ansiedad frente a un bug. Formas de enseñar. Formas de concentrarse. Formas de fracasar.
También aparecen desacuerdos profundos. Un entrevistado valora la simplicidad; otro sospecha del “culto a la simplicidad”. Uno cree que un buen sistema debe dominar la complejidad mediante abstracción; otro describe una relación casi física con estructuras de datos. Algunos defienden equipos muy pequeños. Otros intentan encontrar modos de coordinar organizaciones cada vez mayores.
Nada de eso cabe bien en la palabra innovación. La palabra es demasiado limpia.
El libro conserva el trabajo.
CUANDO TODAVÍA NO SABEMOS QUÉ IMPORTARÁ
En 2026 Programmers at Work volvió a publicarse en una edición por su cuadragésimo aniversario.
La reedición confirma una paradoja. El libro envejeció bien porque estaba pegado a cosas que envejecían rápido.
Lenguajes. Modelos de computadora. Memorias minúsculas. Sistemas operativos. Discos. Interfaces. Empresas jóvenes.
Muchos objetos concretos desaparecieron o cambiaron hasta volverse irreconocibles. Sin embargo, las preguntas de Lammers siguen activas porque no estaban dirigidas únicamente al producto.
- ¿Cómo pensás?
- ¿Cómo aprendiste?
- ¿Cómo sabés que una solución es buena?
- ¿Qué hacés cuando te equivocás?
- ¿Qué parte del trabajo es técnica y qué parte es intuición?
- ¿Qué imaginás que vendrá después?
Un archivo construido a tiempo puede conservar algo que después resulta imposible reconstruir: la incertidumbre original.
Cuando la historia ya sabe lo que pasó, todos parecemos haber sabido más.
Lammers registró a gente que todavía podía equivocarse en tiempo presente.
Anders murió en 1992. Convertirlo en alguien que “predijo la inteligencia artificial” empobrecería su trabajo.
Lo que dejó es más útil. Una manera de observar el desfase entre capacidades técnicas y capacidades humanas para comprender sus efectos.
Hoy podemos desplegar sistemas a millones de usuarios antes de conocer todas sus consecuencias, automatizar partes de una decisión sin que ningún participante domine la cadena completa y construir herramientas cuya escala de producción, consumo energético, influencia cultural o integración institucional resulta difícil de representar en una sola imagen.
Eso no demuestra que la IA vaya a producir una catástrofe. Demuestra que la pregunta de Anders sigue activa: ¿nuestra imaginación moral está creciendo al mismo ritmo que nuestra capacidad técnica?
Si la respuesta es no, la solución no consiste necesariamente en detener toda invención. Consiste en dejar de confundir potencia con madurez.
El libro también carga con las limitaciones de aquello que decidió preservar.
Los diecinueve programadores entrevistados son hombres.
La selección reúne trayectorias importantes y distintas, pero también refleja una historia de la informática en la que ciertas personas tuvieron mucha más facilidad que otras para convertirse en autores visibles, fundadores, arquitectos de sistemas o figuras reconocidas de la industria.
Ese dato no invalida el archivo. Lo vuelve legible.
Preguntar quién fue entrevistado también permite preguntar quién estaba programando, documentando, operando, traduciendo, ensamblando, probando o enseñando sin entrar en ese canon.
Hay otra tensión. Lammers escribió el libro mientras trabajaba en Microsoft y Microsoft Press publicó la primera edición. Entre sus entrevistados estaban Bill Gates y Charles Simonyi. La proximidad le dio acceso extraordinario a un mundo que estaba creciendo desde adentro. También obliga a leer el libro como un archivo situado, no como un mapa completo de la computación de los años ochenta.
Y existe una tercera fricción, quizá la más fértil. Los protagonistas hablan a menudo desde una cultura que podía imaginar el futuro tecnológico con enorme confianza. Algunas de sus afirmaciones resultan proféticas. Otras son ceguera de época.
Leídas cuarenta años después, ambas cosas conviven. Eso impide construir un panteón perfecto.
Por suerte.
Susan M. Lammers no entra en Precursores porque haya inventado una máquina decisiva ni porque haya formulado una gran teoría sobre tecnología.
Entra porque hizo otra cosa que también decide qué futuro puede pensarse: preguntó a tiempo y guardó las respuestas.
En 1986 todavía era posible sentarse frente a personas que estaban construyendo la informática personal y preguntarles cómo programaban sin que cada respuesta llegara filtrada por décadas de biografías, fortunas, disputas y mitología empresarial.
Lammers registró métodos. Contradicciones. Falsas certezas. Buenas intuiciones. Miedos que no se cumplieron. Ideas que tardaron mucho más de lo previsto. Y trabajos que todavía no sabían que terminarían convertidos en infraestructura cultural.
El futuro todavía estaba en un garage. Pero también estaba en una oficina, en una universidad, en Xerox PARC, en una casa con flautas de bambú, en un laboratorio, en una lista de código rescatada de la basura y en una entrevista que alguien decidió hacer antes de que fuera demasiado tarde.
Quizá ésa sea la parte que todavía reacciona.
Los archivos importantes no empiezan cuando sabemos qué merece ser recordado. Empiezan cuando todavía no lo sabemos.
FUENTES PRINCIPALES
- Lammers, Susan M. Programmers at Work: Interviews With 19 Programmers Who Shaped the Computer Industry. Microsoft Press, 1986. Edición del 40.º aniversario, 8080 Books / Simon & Schuster, 2026.
- Lammers, Susan M. “Programmers At Work Revisited”. Programmers At Work, 2008.
- Lammers, Susan M. “About”. Programmers At Work.
- Lammers, Susan M. “Charles Simonyi — 1986”. Programmers At Work.
- Lammers, Susan M. Programmers at Work: Interviews. Registro bibliográfico y contenido de la edición original, Google Books.
- Lammers, Susan M. Programmers at Work. Registro de la edición de 1986, Open Library.
COMPLETAN LA SEXTA ENTREGA:



