LECTURA CRÍTICA · ENSAYO
EL CRITERIO, NO SE DELEGA.
Escribir con máquinas sin entregarles la lengua.
Nota de contexto
El 20 de junio de 2026, mientras Crónicas de la Intemperie estaba en plena primera escritura, Nadal Suau publicó en Babelia la tribuna "La IA ya escribe novelas y poemas" y que puede leerse en su muro personal.
No necesito convertir esa coincidencia en una señal del destino —la literatura ya tiene suficientes sacerdotes— y exorcistas, pero sí vale conservarla como una coordenada: mientras una discusión pública intentaba decidir qué clase de escritura sería legítima después de la inteligencia artificial, esta novela estaba siendo escrita en medio del mismo problema histórico. Sin ánimo de resolverlo y solamente para atravesarlo.
Nadal Suau (Palma, 1980). Ensayista, crítico literario y profesor, es doctor en Literatura Contemporánea y colabora regularmente en medios como El Cultural, Publishers Weekly, Quadern de El País y Cuadernos Hispanoamericanos. Editor del sello H & O, es autor de los libros Parapetos. Crítica literaria y cultural (2004-2008), Temporada alta, El matrimonio anarquista —coescrito con Begoña Méndez—, San Francisco—en colaboración con el ilustrador Pere Joan— y también el libro-entrevista José Carlos Llop: una conversación—coescrito con Daniel Capó. En Anagrama ha publicado Curar la piel. Ensayo en torno al tatuaje (Premio Anagrama de Ensayo 2023).
La discusión sobre inteligencia artificial y literatura se llenó demasiado rápido de jueces.
Unos anuncian la muerte de la escritura. Otros prometen su democratización definitiva. Unos certifican qué procedimiento sigue siendo humano. Otros venden automatización como si toda demora, toda duda y toda dificultad fueran defectos que por fin podremos eliminar.
En ambos extremos aparece la misma tentación: declarar el asunto resuelto.
A mi me interesa otra cosa.
No creo que la aparición de una herramienta nueva suspenda las preguntas antiguas sobre autoría, lenguaje, trabajo, propiedad, poder, responsabilidad y deseo.
Al contrario: las vuelve más incómodas.
Tampoco acepto que alguien pueda cerrar la discusión diciendo qué está bien y qué está mal solo porque logró envolver su miedo, su entusiasmo o sus intereses en una teoría estética suficientemente solemne y algunas veces con respaldo académico.
El miedo merece ser escuchado. La autoridad inventada para esconderlo, no.
Usaré muchas veces una palabra que conviene no dejar librada a su propia solemnidad: criterio.
No hablo de una autoridad capaz de establecer qué literatura es legítima ni de un código moral para separar procedimientos puros de procedimientos impuros.
Llamo criterio a la capacidad de evaluar posibilidades, elegir entre ellas y responder por esa elección desde una situación concreta.
En la escritura significa decidir qué entra, qué sale, qué se transforma y qué se conserva atendiendo al proyecto de la obra, su lenguaje, su contexto, la experiencia de quien escribe, sus valores y las consecuencias de lo que decide.
El criterio puede equivocarse. Puede cambiar. Puede discutir con otros criterios. Puede incluso descubrir, tiempo después, que tomó una decisión pésima.
No es una garantía de acierto.
Es algo más modesto y más difícil de delegar: la capacidad de poder decir por qué una decisión sigue siendo propia y asumir lo que esa decisión produzca.
Por eso, cuando hablo de no delegar el criterio, no estoy defendiendo la soledad del creador. Puedo escuchar a un editor, a un amigo, a una comunidad, a una máquina. Puedo cambiar de opinión después de escucharlos.
Lo que no delego es el momento final en que una posibilidad se convierte en una decisión por la que estoy dispuestos a responder.
Y LO IMPREVISTO
No espero que una herramienta preserve mi originalidad. Tampoco espero que el azar la produzca.
Escribo dentro de determinaciones que no elegí y tomo decisiones entre posibilidades que no siempre podía prever.
Una inteligencia artificial puede ampliar brutalmente esas posibilidades. Puede proponer una asociación que no habría encontrado, llevar una hipótesis hacia un lugar incómodo o devolverme una frase mejor que la mía.
Nada de eso me exime de una pregunta anterior: ¿tenía algo que decir o solamente necesitaba encontrar algo que sonara digno de ser dicho?
Esa diferencia no la resuelve el modelo. Tampoco la resuelve el estilo. Mucho menos el aplauso.
Allí vuelve a aparecer el criterio: no como policía de la creación, sino como la capacidad de reconocer qué posibilidades pertenecen realmente al problema que estoy intentando pensar y cuáles son apenas soluciones brillantes buscando una pregunta que las justifique.
La inteligencia artificial ya forma parte del mundo en el que se escribe.
Eso no significa que todo escritor deba utilizarla. Tampoco significa que quien decida no utilizarla esté viviendo en una reserva natural de humanidad incontaminada.
Un autor puede escribir una novela sin abrir jamás un chatbot y, sin embargo, publicarla en un mercado reorganizado por sistemas automáticos, enviarla a una editorial que usa inteligencia artificial para clasificar manuscritos, promocionarla mediante plataformas gobernadas por recomendadores algorítmicos, verla reseñada por sistemas automáticos o competir por la atención de lectores expuestos a cantidades industriales de texto generado.
La escritura sin IA seguirá existiendo. Lo que probablemente no exista otra vez es un mundo literario sin IA.
Por eso la pregunta que debo formularme no puede ser solamente si la uso o no la uso.
También debo preguntarme quién la construye, quién la posee, quién define sus límites, con qué materiales aprende, qué trabajos reemplaza o transforma, qué lenguas privilegia, qué registros aplana, qué infraestructuras consume y quién obtiene el beneficio cuando su uso se vuelve inevitable.
La máquina no cayó del cielo.
Tiene propietarios, servidores, contratos, trabajadores, minerales, agua, energía y condiciones de acceso.
La literatura tampoco ocurre fuera de esa infraestructura.
No es un certificado de pureza
Hay una idea que conviene defender antes de que alguien invente una oficina para sellarla: la autoría no es la pureza del procedimiento.
Un escritor nunca escribió completamente solo.
Escribió después de otros libros, conversaciones, maestros, enemigos, correctores, diccionarios, talleres, editores, amigos que tacharon una frase, personas que contaron una historia, herramientas que permitieron mover un párrafo y tecnologías que modificaron la manera misma de producir texto.
Nada de eso vuelve irrelevante la autoría. La vuelve responsable.
Un procesador de textos no firma una novela. Un corrector ortográfico tampoco. Un editor puede modificar profundamente un manuscrito sin convertirse automáticamente en su autor. Una conversación puede provocar un capítulo entero sin haberlo escrito.
La inteligencia artificial complica estas fronteras porque puede producir lenguaje y no solo operar sobre él. Esa diferencia existe y sería absurdo negarla.
Pero de ahí no se sigue que toda intervención generativa destruya la autoría ni que cualquier uso sea equivalente a cualquier otro.
Entre pedir una alternativa para una frase, someter una escena a una lectura crítica, comparar veinte soluciones y rechazarlas todas, generar una página completa y corregirla, o encargar una novela entera y limitarse a firmarla, hay diferencias enormes.
Meterlas en la misma bolsa no protege la literatura y nos impide pensar.
Se ha dicho que el prompt podría convertirse en un nuevo género de escritura.
Puede serlo. Por qué no. He conocido a muchos "redactores creativos" que trabajan en agencias de publicidad y se auto perciben como escritores —a veces frustrados— que de algo tenían que vivir. La proximidad con las palabras siempre produjo estas confusiones de jurisdicción.
Un prompt también puede ser una instrucción. Una hipótesis. Una pregunta. Un boceto. Una orden desastrosa. O veinte líneas precisas destinadas a obtener algo que finalmente será descartado.
Lo verdaderamente decisivo no siempre ocurre cuando alguien pide. Muchas veces ocurre cuando alguien rechaza.
Cuando detecta que una frase técnicamente impecable no pertenece a la voz del personaje. Cuando devuelve una solución porque explica demasiado. Cuando prefiere una sintaxis rengueante a una prosa perfecta. Cuando reconoce que una ocurrencia brillante rompe la continuidad. Cuando decide conservar una palabra incómoda porque ahí está la respiración de la obra.
El proceso creativo no consiste solamente en producir posibilidades. Consiste en establecer cuáles merecen sobrevivir. Y ese criterio no debería delegarse.
Para decidir qué merece sobrevivir, antes tiene que haber algo en juego.
Pero también puede ser usada contra el aplanamiento
Existe un riesgo real de homogeneización.
Los modelos trabajan con regularidades. Tienden hacia soluciones reconocibles, estructuras eficaces, asociaciones frecuentes, frases que estadísticamente funcionan. Quien acepta siempre la primera respuesta obtiene muy pronto una prosa correctamente muerta.
Pero no hay ninguna obligación de trabajar así.
Una herramienta estadística también puede utilizarse para detectar nuestras propias repeticiones, buscar contradicciones, someter una estructura a objeciones, comparar alternativas, vigilar la continuidad, localizar una explicación innecesaria o producir posibilidades precisamente para descubrir por qué ninguna sirve.
Puede funcionar como amplificador de lugares comunes. También como adversario.
Depende menos de una supuesta pureza tecnológica que de la relación que el autor establezca con ella.
En La Intemperie existe una regla anterior a esta discusión: no aceptar sin entender.
Aplicada a la escritura con inteligencia artificial significa algo muy sencillo: usar la herramienta sin entregarle el criterio o permitirle que lo adultere.
Es tentador imaginar que, frente a máquinas capaces de producir textos cada vez más correctos, la literatura humana encontrará refugio en la imperfección.
No alcanza.
Una máquina también puede equivocarse, tartamudear, romper una sintaxis, imitar un regionalismo, fabricar una errata. Y puede recibir la orden de sonar torpe, íntima, herida, contradictoria o desprolija.
Si convierto el error en certificado de humanidad, pronto habrá máquinas especializadas en cometer errores perfectos.
Lo específicamente humano no está en escribir mal. Ni siquiera está garantizado por escribir bien.
Está, al menos por ahora, en otra parte: en la situación desde la que una palabra es dicha y en la responsabilidad que alguien asume por haberla dejado ahí.
Una frase puede costarle algo a una persona, comprometer una relación, traicionar una memoria, intentar reparar un daño.
Puede ser escrita para una hija, contra un miedo, después de una pérdida, desde un cuerpo enfermo, en una lengua aprendida en una calle determinada y no en otra.
Una máquina puede reproducir la forma verbal de cualquiera de esas cosas y no paga sus consecuencias.
Por eso no creo necesario inventar una mística del alma humana para defender la autoría.
Me alcanza con recordar que escribir también es responder.
No quiero tribunales de pureza. Tampoco quiero fraude.
Si una obra fue generada sustancialmente por un sistema y alguien pretende presentarla como el resultado exclusivo de su escritura, existe un problema de atribución que merece ser discutido.
Pero convertir cada herramienta utilizada durante el proceso en una declaración jurada conduciría al absurdo.
¿Hay que informar el corrector ortográfico? ¿El diccionario? ¿El buscador? ¿La conversación con un editor? ¿Una traducción automática consultada para entender una fuente? ¿Una IA usada para encontrar repeticiones? ¿Una frase alternativa que después no quedó?
La transparencia útil debería guardar relación con la magnitud de la intervención.
Cuanto más haya producido el sistema aquello que el lector recibe como escritura del autor, más pertinente será explicitarlo.
No como penitencia. Como información.
La honestidad no necesita convertirse en policía estética.
Hay algo todavía más importante que averiguar si una inteligencia artificial puede escribir una buena novela.
Puede. O podrá.
La cuestión decisiva es qué harán con esa capacidad las instituciones que administran la circulación de la literatura.
Qué harán las editoriales. Qué harán las plataformas. Qué harán los propietarios de los modelos. Qué harán los medios. Qué harán las universidades. Qué harán los gobiernos. Qué harán los mercados laborales cuando generar cien textos resulte más barato que pagar uno.
Qué ocurrirá cuando unas pocas infraestructuras privadas puedan intervenir simultáneamente en la escritura, la edición, la traducción, la distribución, la recomendación y la lectura.
Ahí está la discusión que más me importa. No qué hará la IA con la literatura.
Qué harán con la literatura quienes controlen la IA.
El riesgo no es solamente que una máquina escriba como nosotros.
También es terminar escribiendo dentro de condiciones decididas por sistemas que no controlamos, para mercados que premian aquello que esos mismos sistemas pueden reconocer, clasificar y vender.
Entonces el problema deja de ser estilístico. Se vuelve político.
No creo que utilizar inteligencia artificial vuelva ilegítima una obra.
No creo que rechazarla vuelva automáticamente más libre, más humana o mejor a otra.
No creo que la eficiencia sea un valor literario en sí mismo.
No creo que la dificultad sea sagrada.
No creo que un modelo deba recibir autoridad sobre una voz porque puede producir una versión más correcta.
No creo que la autoría consista en demostrar que nadie ayudó.
Creo en conservar el criterio, reconocer las intervenciones sustantivas, discutir las condiciones materiales de las herramientas, proteger la diversidad de las lenguas y asumir responsabilidad por aquello que finalmente lleva una firma.
Y creo, sobre todo, que ninguna tecnología merece obediencia por el solo hecho de haber conseguido volverse inevitable.
La máquina no firma.
Una inteligencia artificial puede proponer una frase mejor que la nuestra.
Eso ocurrirá muchas veces.
También puede ofrecer una peor con una seguridad admirable.
Puede detectar algo que no vimos. Puede devolvernos un lugar común.
Puede discutir. Puede insistir. Puede inventar.
Puede equivocarse.
Puede ayudarnos a encontrar una forma que no hubiéramos encontrado solos.
Nada de eso resuelve la cuestión de la autoría.
Porque al final alguien debe decidir.
Qué entra. Qué sale. Qué se sostiene. Qué se corrige. Qué se publica.
Qué daño está dispuesto a asumir.
Qué palabra defenderá cuando alguien pregunte por qué está ahí.
No necesitamos proteger la literatura construyendo una frontera imaginaria alrededor de las herramientas.
Necesitamos impedir que las herramientas administren el lugar desde el que decidimos.
La máquina puede trabajar con nosotros. Puede incomodarnos. Puede contradecirnos. Puede incluso, algunas veces, escribir mejor.
Lo que no debería hacer es ocupar el sitio donde renunciamos a pensar.
No delegar el criterio.
Sugiero que ese sea nuestro límite.
Y también nuestra manera de usar la máquina sin pedirle permiso para seguir siendo humanos.
Nota al pie:
Este texto no fue escrito a pesar de la inteligencia artificial. Tampoco fue escrito por ella. Lo escribí trabajando con ella: discutimos la tribuna de Nadal Suau, pusimos a prueba sus argumentos, descartamos formulaciones, corregimos otras y llegamos hasta acá. Tal vez, si alguna vez este manifiesto llega a sus ojos, Suau haga algo parecido y lo lea acompañado por la inteligencia artificial que —no lo sé de cierto, lo supongo— forma parte de su trabajo habitual. La escena sería apropiada: humanos y máquinas analizándose mutuamente alrededor de una pregunta que ninguno puede clausurar. Lo único que no debería entrar en ese circuito es la renuncia a la propia visión de lo que queremos transmitir al sentarnos a escribir.Gustavo Camacho ft. ChatGPT
invierno de 2026