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REFLEXIÓN

 

¿Otra vez sopa?

 

Inteligencia artificial y preguntas que no avanzan

 

En esto de estar investigando sobre todo lo que desde Crónicas de la Intemperie puede ser una especulación factible, llegué a "El mito de una IA sobrehumana" escrita por Kevin Kelly en WIRED el 25 de abril de 2017. 

Me sorprende cómo las personas podemos discutir y discutir y discutir temas sin poder cerrarlos o llegar a una conclusión expansiva que ayude a avanzar sobre los asuntos que supuestamente nos preocupan.

El artículo de Kevin Kelly es un buen ejemplo porque, aunque fue escrito en 2017, el problema que señala debajo de la discusión sobre IA sigue siendo muy reconocible: muchas veces discutimos una palabra enorme como si todos estuviéramos hablando de la misma cosa.

Kelly cuestiona justamente eso con “inteligencia”. Dice, en esencia, que imaginar una IA “más inteligente que el ser humano” supone que la inteligencia es una única escala vertical, como una escalera: hormiga → humano → superinteligencia.

Su alternativa es bastante más fértil: pensar la inteligencia como un espacio multidimensional, con capacidades distintas, combinaciones distintas y límites distintos. Una ardilla puede superarnos obscenamente en cierta memoria espacial; una calculadora en cálculo; nosotros en otras dimensiones. Entonces “más inteligente” empieza a parecer una frase demasiado pobre para describir el fenómeno.

Tenemos una enorme capacidad para mantener viva una discusión mucho después de que dejó de producir conocimiento.

Porque discutir y resolver un problema no son exactamente la misma actividad.

A menudo hacemos esto: ¿La IA será más inteligente que nosotros?

Y nos pasamos veinte años disputando el sí y el no.

Cuando tal vez una salida expansiva sería preguntar:

  • ¿En qué capacidades?
  • ¿Respecto de qué tarea?
  • ¿Con qué recursos?
  • ¿Con qué autonomía?
  • ¿En interacción con quién?
  • ¿Quién decide sus objetivos?
  • ¿Quién obtiene los beneficios de esa capacidad?
  • ¿Quién soporta sus consecuencias?

Creo que ahí la discusión puede dejar de ser metafísica y comienza a producir conocimiento.

El propio Kelly hace un movimiento parecido. En vez de preguntarse si aparecerá la superinteligencia, propone imaginar una proliferación de inteligencias diferentes, muchas de ellas superiores a nosotros en dimensiones particulares pero inferiores o simplemente incomparables en otras. Su metáfora más interesante es que el futuro podría parecerse menos a una explosión nuclear de inteligencia que a una explosión cámbrica de formas de inteligencia.

Y ahí aparece algo que me parece crucial.

Quizás buena parte de éstas discusiones interminables se producen porque se intenta resolver preguntas mal construidas.

No necesariamente porque falten argumentos.

Se puede acumular argumentos durante décadas alrededor de una categoría defectuosa y sin acercarse un milímetro a una solución.

Es como discutir durante horas:

—¿Qué es mejor, una sopa o un violín?

Y formar dos escuelas filosóficas.

Los sopistas demostrarán que el violín es pésimo combinado sabores.

Los violinistas demostrarán que la sopa tiene una sonoridad lamentable. Sobre todo cuando se la toma de a sorbos.

Podrían escribir bibliotecas enteras.

La discusión sólo cambia cuando alguien pregunta: —¿Qué estamos intentando hacer?

Ahí puede ocurrir el salto.

Y creo que hay otra trampa todavía más humana: las controversias generan identidad.

Después de cierto tiempo uno ya no sostiene solamente una hipótesis. Empieza a pertenecer a algo: optimistas tecnológicos, catastrofistas, aceleracionistas, humanistas, transhumanistas, defensores de la AGI, escépticos de la AGI.

Entonces modificar la pregunta amenaza también una pertenencia. Resolver la discusión puede resultar, paradójicamente, menos entretenido que continuarla.

Y mientras tanto sucede algo bastante cómico: se discute si una hipotética superinteligencia destruirá a la humanidad mientras algoritmos bastante menos espectaculares ya están interviniendo en contratación, crédito, vigilancia, publicidad, acceso a información y decisiones administrativas.

No hace falta Skynet. A veces alcanza con un Excel con ínfulas.

Por eso quizá una forma más productiva de avanzar en problemas complejos sería cambiar el protocolo intelectual. No preguntar solamente “¿quién tiene razón?”, sino:

  • ¿Qué afirmaciones de cada posición parecen haber sobrevivido a la evidencia?

  • ¿Qué supuestos compartidos pueden estar equivocados?

  • ¿Qué parte del desacuerdo es semántica?

  • ¿Qué nueva pregunta aparece si aceptamos simultáneamente las mejores observaciones de ambos lados?

  • ¿Qué podemos hacer ahora aunque la discusión mayor siga abierta?

La cuarta pregunta me parece especialmente poderosa. Porque una conclusión expansiva no tiene necesariamente la forma: X tenía razón y Y estaba equivocado.

Puede tener la forma:

Y observó X.
⇅
X observó Y.
⇄
Si X e Y son ciertos,
entonces estábamos mirando un espacio
más grande del que suponíamos.

Eso es muchísimo más parecido al avance científico.

Y curiosamente es también la parte del artículo de Kelly que mejor envejeció conceptualmente: quizá la pregunta interesante nunca fue si “la máquina será más inteligente que nosotros”, sino qué nuevas configuraciones aparecen cuando inteligencias humanas y artificiales, distintas y parciales, empiezan a trabajar juntas. Él mismo propone que algunos problemas podrían requerir primero inventar otra forma de pensamiento y después combinarla con la nuestra.

Ahí hay una idea muy atrayente: la inteligencia que resuelva algunos de nuestros problemas quizá no sea humana ni artificial.

Puede ser la relación entre ambas.

Y entonces la pregunta dejaría de ser:
¿Quién superará a quién?
y pasaría a ser:
¿Qué podremos pensar juntos que ninguno podría pensar por separado?

Esa me parece una pregunta que abre camino y cambia el menú —que siempre odió Mafalda—, de una vez por todas. Por el bien de todos. Por el bien común.

 

Gustavo Camacho
primavera de 2026

 

 

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